El Instituto de Investigaciones Clínicas, en Mar del Plata es una institución local con proyección internacional que participó en más de 500 ensayos clínicos. Sus fundadores describieron cómo es el trabajo para desarrollar los tratamientos que millones de personas usarán dentro de una década.
Hay proyectos que nacen como una certeza. Y hay otros —los más interesantes— que empiezan como una intuición, una conversación, una apuesta sin garantías. La historia del Instituto de Investigaciones Clínicas de Mar del Plata pertenece a esta segunda categoría: la de los sueños que, sin estructura, encuentran en la convicción su primer motor.

“Esto empezó de una manera un poco divertida”, recuerda la doctora Georgina Sposetti, una de sus fundadoras. En ese entonces, su ambición era más acotada: crear un instituto dedicado exclusivamente a la diabetes. Un proyecto posible, incluso lógico, dentro de su especialidad. Pero el punto de inflexión llegó cuando conoció al doctor Ignacio MacKinnon y se lo planteó. El médico ya trabajaba en ensayos clínicos, en el Hospital Privado de Comunidad, y la invitó a participar por primera vez en uno. Ese gesto, casi casual, lo cambió todo.
Lo que era un proyecto específico se expandió en una dirección completamente distinta: la investigación clínica como eje. “Ahí arrancamos los dos con esta idea. Él se sumó y la agrandó: ‘Hagamos nuestra propia institución’”, cuenta. Ya no se trataba solo de diabetes, sino de algo mucho más amplio: generar conocimiento científico aplicado al desarrollo de nuevos tratamientos.
El crecimiento fue progresivo. Primero diabetes y enfermedad cardiovascular. Luego, con el paso de los años, otras especialidades hasta alcanzar hoy diez áreas médicas.
Pero en ese inicio había algo que no se puede subestimar: la falta de todo. “Éramos muy chicos, 31 y 33 años, sin nada absolutamente. Nada más que una ilusión y un sueño”, resume Georgina. No había capital, no había estructura, no había reconocimiento en la ciudad. Y en ese contexto aparece una figura clave: el doctor Jesús Vázquez.
Fue una invitación casi espontánea, en la calle, con el entusiasmo como único argumento. “Tengo un súperproyecto, tenés que venir acá”, le dijo ella, según recuerda entre risas. Vázquez, que había sido su jefe durante la residencia, aceptó. Dos décadas después, ese encuentro casual sigue siendo uno de los pilares del instituto. Hoy los tres médicos encabezan la institución.
Para Vázquez, la decisión tuvo menos de cálculo y más de intuición. “Georgina tenía un motor especial desde que la conocí”, dice. “Había algo en ella que indicaba que podía liderar un proyecto así, aunque en ese momento parecía una utopía”.
Esa palabra —utopía— aparece varias veces cuando reconstruyen los inicios en la charla con CENTRAL. Porque lo que hoy es una institución consolidada, en aquel momento era apenas una posibilidad remota.

La ciencia como proceso: cómo se construye un medicamento
Hablar de ensayos clínicos implica entrar en una dimensión de la medicina que rara vez es visible para el público general. No solo permiten crear tratamientos, si no también mejorar los que hay en la actualidad, por su efecto o la comodidad para el paciente que lo requiere. Todo lo que hoy forma parte de la vida cotidiana —desde un ibuprofeno hasta una vacuna— pasó por ese proceso.
“Los ensayos clínicos son la única manera que tiene la ciencia de generar nuevos y mejores medicamentos”, explica Georgina. No hay atajos. No hay alternativas. Cada fármaco atraviesa distintas fases durante años —a veces más de una década— antes de llegar a una farmacia.
Ese recorrido incluye pruebas de seguridad, eficacia y comparación con tratamientos existentes. Y en ese proceso participan voluntarios: personas que, por distintas razones, deciden formar parte.
¿Por qué alguien se involucra en un ensayo clínico?
Las respuestas son múltiples, pero suelen converger en dos grandes motivaciones. La primera es la oportunidad: cuando un paciente agotó las opciones disponibles, un ensayo puede representar una nueva posibilidad. No una garantía, pero sí una esperanza.
La segunda tiene que ver con algo más amplio: el aporte a la ciencia. “Hay pacientes que participan pensando en el futuro, en que otros tengan mejores tratamientos”, señala Georgina. Una decisión que trasciende lo individual.

A eso se suma un aspecto clave: el seguimiento. Los pacientes que participan en ensayos clínicos no abandonan su sistema de salud habitual. Al contrario, tienen un doble control: el del instituto y el de su médico de cabecera. Y, además,el acceso es completamente gratuito.
Una red global: lo que pasa en Mar del Plata impacta en el mundo
Una de las características más fascinantes de la investigación clínica es su escala. Un ensayo no ocurre en un solo lugar: se replica simultáneamente en decenas o cientos de centros alrededor del mundo.
“Lo que estamos haciendo acá hoy se está replicando en otros países”, explica Ignacio. Europa, Estados Unidos, Japón, pero también países como Argentina, Brasil o Sudáfrica forman parte de esta red global. Tienen una fecha de inicio y una aproximada de finalización.
Los protocolos son idénticos en todos los centros. Las reglas, también. Y la información circula en tiempo real.
Si un paciente en Europa presenta un evento adverso grave, ese dato puede conocerse en cuestión de horas en Argentina. En algunos casos, si se detectan problemas, los estudios se interrumpen. En otros, ocurre lo contrario: los resultados son tan positivos que se decide finalizar el ensayo antes de tiempo.
Y Georgina recuerda que hubo casos en los que un tratamiento resultó ser eficaz para otra patología, y eso también queda registrado.
Ese sistema de monitoreo permanente es una de las bases de la seguridad en la investigación clínica. Y está atravesado por múltiples capas de control: comités de ética, auditorías, organismos regulatorios y estándares internacionales.
Los ensayos clínicos son una de las actividades más inspeccionadas y auditadas de la medicina. Los organismos y entidades de control monitorean todo lo que sucede durante la investigación. “No solo se cuida lo científico, sino también al paciente, la seguridad y la ética, porque justamente hay un comité de ética que aprueba los ensayos clínicos que se realizarán en cada institución”, describieron.

Cómo se aprueba un medicamento
Detrás de cada fármaco que llega al mercado hay un proceso largo, riguroso y profundamente controlado. Nada queda librado al azar.
“Lo que hacemos es balancear beneficios e inconvenientes”, explica Jesús. La aprobación de un medicamento no implica que sea perfecto, sino que, en esa ecuación, los beneficios superan ampliamente a los posibles efectos adversos.
Gran parte de estas investigaciones están impulsadas por la industria farmacéutica, que actúa como sponsor de los estudios. Pero ese desarrollo no avanza sin controles: el paso hacia la comercialización está atravesado por múltiples instancias de evaluación estatal.
Una vez que se obtienen los resultados de un ensayo, comienza una etapa clave. Los organismos regulatorios analizan si esos datos son confiables. Para eso, inspeccionan los centros de investigación, revisan historias clínicas, auditan bases de datos y verifican que lo reportado coincida con lo ocurrido en cada sitio.
Recién después de ese proceso se realiza el análisis estadístico global. Y solo si todo el circuito es validado, se define la aprobación —o no— del medicamento.
En este entramado, uno de los organismos más influyentes es la FDA, cuya validación suele marcar el camino para otras agencias regulatorias en el mundo. A nivel local, la ANMAT cumple un rol clave, especialmente en la supervisión de los centros y en la protección de los voluntarios que participan en los estudios.
Pero el control empieza incluso antes. En Argentina, todo ensayo clínico debe contar con la aprobación previa de un comité de ética independiente. Ese organismo evalúa el protocolo antes de su inicio y realiza un seguimiento continuo, especialmente en lo que respecta a efectos adversos y condiciones de seguridad.
Incluso una vez aprobado el medicamento, el monitoreo no desaparece: continúa en una fase posterior, más flexible, pero igualmente necesaria para detectar posibles efectos a largo plazo.
Porque si algo define a la investigación clínica es precisamente eso: la vigilancia constante. Una red de controles que, desde el primer paso hasta mucho después de la aprobación, busca garantizar que cada avance sea, ante todo, seguro.
El antes y después del COVID
Si hay un momento que marcó un quiebre en la historia reciente del instituto, fue la pandemia. “Fue un momento bisagra”, define Ignacio.
En un contexto de incertidumbre global, donde el mundo esperaba una solución que no llegaba, el instituto decidió involucrarse en el desarrollo de vacunas. Participaron en tres ensayos distintos, incluyendo la vacuna de CanSino, junto a Fundación Huésped, al que se sumaron mil voluntarios.
El instituto también formó parte del desarrollo de la vacuna argentina Arvac, impulsada junto al CONICET con una investigadora marplatense, Juliana Cassataro. Según explicaron, esa es la vacuna que actualmente se aplica en los vacunatorios.

La pandemia también aceleró procesos que antes llevaban años. La tecnología, el Big Data y la inteligencia artificial permitieron reducir tiempos sin comprometer la seguridad. “Protocolos que antes llevaban siete años hoy pueden hacerse en uno o dos”, explica Jesús. Y ese cambio no es circunstancial: llegó para quedarse.
Lo que viene: inteligencia artificial y envejecimiento
La medicina del futuro ya no es una abstracción. Está en marcha. Actualmente, según narran los médicos, existen medicamentos diseñados completamente mediante inteligencia artificial, que se encuentran en fase de ensayo en humanos. Sistemas que analizan millones de datos para crear nuevas moléculas.
Pero quizás uno de los campos más disruptivos sea el del envejecimiento. “Se está probando un medicamento para retardarlo”, cuenta Ignacio. El desafío no es solo desarrollarlo, sino medirlo. El envejecimiento es un proceso complejo, atravesado por factores genéticos como el acortamiento de los telómeros, estructuras del ADN que determinan la capacidad de las células para dividirse.
Intervenir en ese proceso implicaría, en términos científicos, uno de los mayores avances de la historia de la medicina.
Ensayos que ya cambiaron la vida
Aunque el futuro es prometedor, los avances del pasado reciente ya transformaron radicalmente la medicina.
Desde los nuevos anticoagulantes —que simplificaron tratamientos complejos— hasta la cura de la hepatitis C, pasando por la evolución de los tratamientos para HIV o los nuevos medicamentos para la obesidad, la investigación clínica ha sido clave en cada uno de esos hitos.
Incluso el cáncer, que durante décadas fue sinónimo de sentencia, comenzó a transformarse en muchos casos en una enfermedad crónica.
“La medicina primero se enfocó en prolongar la vida. Ahora también se está enfocando en mejorar la calidad de vida”, señala Jesús.
Hay una pregunta que aparece casi de manera automática cuando se habla de nuevos tratamientos: ¿van a ser accesibles?
“Sí, al principio van a ser caros”, reconoce Ignacio. Y no lo esquiva: el desarrollo de un medicamento implica inversiones enormes, muchas veces sostenidas durante años sin garantías de éxito. La industria farmacéutica, en ese sentido, necesita recuperar ese capital cuando logra que una molécula llegue al mercado.
Pero ese escenario inicial no es definitivo.Con el paso del tiempo, los precios tienden a bajar. A los pocos años, la competencia comienza a crecer y, cuando expira la patente —generalmente alrededor de los 18 años— aparecen los medicamentos genéricos, que replican la misma molécula y amplían significativamente el acceso. El impacto, entonces, no es inmediato, sino progresivo.

“Es un beneficio a largo plazo”, resume Ignacio. Un proceso que, aunque empieza siendo costoso, termina ampliando el acceso a tratamientos que, en muchos casos, cambian de manera radical la calidad y la expectativa de vida de millones de personas.
Un equipo, no una estructura
Si hay algo en lo que coinciden los tres fundadores es que el verdadero diferencial del instituto no es la tecnología ni la infraestructura. Es la gente.
La investigación clínica requiere de un entramado humano complejo: médicos investigadores, coordinadoras, personal de laboratorio, administrativos. Cada ensayo implica una coordinación constante.
¿Cómo se involucra un médico en la investigación clínica? Ignacio explica que, en el caso del instituto, es a través de un fellowship específico: un posgrado interno orientado a quienes ya completaron su formación médica y buscan especializarse en este tipo de estudios.
El programa dura dos años y fue pionero en el país. Desde su implementación, se convirtió en la principal puerta de entrada para médicos que quieren formarse como investigadores clínicos, combinando práctica, teoría y participación directa en ensayos.
Pero no son los únicos roles clave. Otro pilar fundamental son las coordinadoras de investigación clínica, una figura central en el funcionamiento diario de cada estudio. A diferencia de otras áreas, no existe una carrera formal para este rol, por lo que la formación también se realiza dentro de la institución.
El recorrido es progresivo: comienzan como asistentes, luego avanzan a coordinadoras junior y, con experiencia, alcanzan el nivel senior. En cada etapa, aumentan las responsabilidades y la autonomía, en un proceso de aprendizaje continuo que se construye desde la práctica.
En un campo donde la precisión y la coordinación son esenciales, formar equipos no es solo una necesidad operativa: es parte del corazón del proyecto.
“El rol de la coordinadora es central. Son el motor del IIC”, explica Ignacio. Son quienes articulan el vínculo entre el paciente, el médico y el laboratorio. En el instituto hay 12 coordinadoras que trabajan a diario en múltiples ensayos.
Formar a ese equipo lleva tiempo. No existe una carrera específica. La formación es interna, progresiva, y puede llevar hasta dos años.
Una figura clave puertas adentro
Presente desde el primer día, Clarisa Deluca, Gerente de Operaciones Clínicas, es un pilar fundamental en la historia del IIC. Con una capacidad de liderazgo innata, coordina de manera integral cada proceso que sucede puertas adentro de la institución. Destacada por su compromiso y una profunda vocación de servicio, ha sabido acompañar a los fundadores en cada etapa de crecimiento, consolidándose como una profesional indispensable que combina rigor operativo con un enorme corazón.
Democratizar el acceso: cuando la ciencia se vuelve accesible
Uno de los grandes desafíos de la investigación clínica es el acceso a la información. La mayoría de las personas no sabe que puede participar en un ensayo.
Para revertir eso, Georgina impulsó un proyecto paralelo: “Un ensayo para mí”, una plataforma que conecta pacientes con estudios disponibles en toda Latinoamérica.
A través de redes sociales y tecnología, el objetivo es simple: explicar qué es un ensayo clínico en un lenguaje accesible y facilitar el contacto con los centros de investigación.
Hoy, la plataforma ya opera en 11 países. Además, están desarrollando herramientas basadas en inteligencia artificial que permiten a médicos —especialmente oncólogos— encontrar ensayos clínicos en tiempo real según el perfil de sus pacientes.

Veinte años después
Más de 500 ensayos clínicos realizados. Más de 6000 voluntarios. Una institución que nació sin recursos y hoy forma parte de una red global de investigación. Pero más allá de los números, hay algo que permanece intacto: la idea original. Trabajar hoy para los tratamientos del mañana. Porque, como define Georgina, con una mezcla de orgullo y responsabilidad:“Nosotros trabajamos en el futuro”.
Más allá del instituto
El crecimiento del Instituto de Investigaciones Clínicas no se limita a su actividad científica. Con el tiempo, el proyecto también dio lugar a iniciativas con un fuerte perfil social, orientadas a ampliar el impacto más allá del ámbito estrictamente médico.
De ese espíritu nacieron dos fundaciones que funcionan como desprendimientos del instituto, con objetivos específicos pero una misma lógica: acercar herramientas, conocimiento y oportunidades a la comunidad.
Por un lado, la Fundación DiMe —centrada en la diabetes mellitus— trabaja en el acompañamiento de personas con esta enfermedad, promoviendo tanto la educación como la investigación. Además, cumple un rol central dentro del ecosistema del instituto: es la entidad de la cual depende el comité de ética que evalúa y supervisa los ensayos clínicos, garantizando que cada estudio se desarrolle bajo criterios rigurosos de cuidado y transparencia.
Por otro, la Fundación Desfibrilar pone el foco en una problemática crítica: la muerte súbita. Su misión es mejorar las posibilidades de sobrevida mediante la implementación de espacios cardioprotegidos —equipados con desfibriladores— y la capacitación en RCP y primeros auxilios. Una intervención concreta, directa, que puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
Ambas iniciativas reflejan una misma convicción: que la medicina no solo se construye en laboratorios o consultorios, sino también en el territorio, en el acceso y en la prevención. Porque, en definitiva, investigar el futuro también implica intervenir en el presente.
Dónde se investiga
El Instituto de Investigaciones Clínicas funciona en Mar del Plata, en su sede de Avenida Colón 3456, un espacio diseñado específicamente para el desarrollo de ensayos clínicos en pacientes ambulatorios.
Allí, se despliega una estructura pensada para integrar asistencia médica e investigación en un mismo entorno. No se trata solo de un lugar donde se atiende: es un centro donde cada detalle está orientado a sostener procesos científicos complejos bajo estándares internacionales.
El instituto cuenta con nueve consultorios donde trabajan diez médicos de distintas especialidades, todos con formación en investigación clínica farmacológica. A eso se suma una sala de enfermería y extracciones, clave para el seguimiento cotidiano de los pacientes.
Uno de los espacios más sensibles es la farmacia, con acceso restringido y doble cerramiento, organizada en compartimentos separados para cada estudio y con control centralizado de temperatura, garantizando así la correcta conservación de los fármacos en investigación.
La dinámica del trabajo también incluye una sala de monitores equipada con conectividad completay condiciones para el trabajo conjunto con las coordinadoras de estudio en el monitoreo digital de datos. En paralelo, las studycoordinators cuentan con su propio espacio operativo, con cinco puestos de trabajo dedicados exclusivamente a la gestión de los ensayos.
El edificio también alberga un archivo central de historias clínicas, donde se resguarda toda la documentación fuente, y un laboratorio preparado para el procesamiento de muestras, incluso ante contingencias, gracias a un generador eléctrico propio.
La seguridad es otro eje central: el instituto dispone de un equipo de emergencias con carro de paro, desfibrilador y un área protegida para el traslado de pacientes.
Completan la estructura amplias salas de espera, espacios de reunión y un área de desayunador pensada para quienes participan de los estudios.
En conjunto, un ecosistema que combina infraestructura, tecnología y equipo humano para sostener, desde Mar del Plata, investigaciones que forman parte de desarrollos a escala global.