Hablar de Romera Hermanos no es sólo hablar de autos; es contar sobre un apellido que convirtió el esfuerzo en su forma de vida. Hace un siglo, en una Balcarce de barro y caminos a pie, el futuro era una apuesta ciega. Hoy, con la misma pasión pero con la tecnología del presente, la historia se sigue escribiendo.
Nos sentamos a la mesa con tres de las generaciones que hoy le dan vida a la empresa: Jorge y Juan (segunda); Marina, Florencia, Diego, Oscar y Martín (tercera); y Andrés (cuarta). Una charla íntima sobre el legado, la evolución y ese valor innegociable de una familia que, tras un siglo, sigue eligiendo el trabajo como bandera.
La familia Romera nos contó sobre cómo superar las crisis, adaptarse a los tiempos y crecer sin soltar jamás sus valores fundacionales. Con cuatro generaciones de esfuerzo y dedicación, nos demuestran que cuando se trabaja con el corazón, no solo se construye una empresa, sino una historia viva que —aunque pase un siglo— recién está empezando.
—¿Cómo describirían las características del país en los inicios de la empresa?
Jorge: Cuando arrancó Romera, en 1926, yo todavía no había nacido, pero escuché muchas veces las historias que contaba mi tío, que prácticamente me crió en el taller. El primer taller funcionaba en un galpón al fondo de la casa de mi padre y llegar al centro de Balcarce era caminar entre el barro porque no había ni bulevares ni empedrado. Incluso Juan Manuel Fangio, cuando terminaba sus obligaciones, iba a ayudarlo sin cobrar. Eso da una idea muy clara de cómo era Balcarce en aquellos años.

—¿De qué manera se comercializaban los vehículos en una época en la que la tecnología automotriz era una novedad absoluta?
Juan: Mi padre Manuel y mi tío Andrés contaban que para vender un auto primero había que explicar qué era. La gente estaba acostumbrada a los caballos y los carruajes, así que había que enseñar cómo funcionaba un motor, una caja de cambios y por qué el vehículo se movía. Recién después empezaba la venta. No era una tarea sencilla.
—¿Cuál fue el origen fundacional de la empresa y cómo se constituyó su identidad?
Jorge: El mayor de todos los hermanos, Juan, fue el primero que comenzó con la mecánica. Trabajaba en la concesionaria oficial Studebaker, de Miguel Vigiano, un balcarceño ligado al automovilismo. Mi tío Juan quedó como encargado del taller y mi padre empezó allí como aprendiz.
Tiempo después, en una importante carrera entre Buenos Aires y Mar del Plata, mi tío Juan sufrió un accidente cerca de Mar Chiquita cuando venía en la delantera y falleció. Fue el primer argentino que dio la vida por el automovilismo; eso ocurrió en 1925.
A partir de esa pérdida, mi padre decidió independizarse. Les pidió a sus padres el galpón de la casa y allí fundó la empresa. Con los años, cada hermano que iba creciendo se incorporaba al proyecto. El padre de Juan, por ejemplo, a los 14 años ya se había construido un auto propio.
Había tanta escasez económica en aquellos tiempos que mi padre llegó a fabricarse una bicicleta de madera para poder trasladarse. De esa necesidad, de aquella pérdida familiar y de la pasión por la mecánica nació Romera Hermanos. Desde entonces, el ADN de la empresa estuvo ligado al trabajo, la honestidad y la voluntad de salir adelante.
—¿Cómo ha evolucionado ese ADN fundacional a lo largo de un siglo de historia?
Juan: Ha evolucionado en forma muy importante. Hoy contamos, por ejemplo, con un área industrial de chapa y pintura automotor donde se pinta al agua. Es un proceso sumamente innovador que habitualmente solo hacen las fábricas; somos prácticamente los únicos en la zona y en la provincia, y estamos homologados por Volkswagen. Se conservó absolutamente todo el ADN, pero con innovación y tecnología. Hoy ya estamos aplicando inteligencia artificial en los procesos de la mano de la tercera generación.
Jorge: Se conservó la pasión por la mecánica.
—¿Qué desafíos e hitos marcaron la gestión de la segunda generación al frente de la compañía?
Jorge: Nuestros padres atravesaron la crisis del 30 y a nosotros nos tocaron varias más. Siempre nos mantuvimos sobre las cuatro ruedas, aunque hubo épocas en las que tuvimos que diversificarnos para salir adelante: colocábamos equipos de gas, vendíamos motos y hasta comercializábamos planes de ahorro para cocinas, heladeras y televisores. Recuerdo que con Juan nos causaba gracia vernos, siendo tan fanáticos del automovilismo, instalando un televisor Sanyo en el ranchito de una señora. Fueron tiempos difíciles, pero siempre encontramos la forma de seguir.
Al mismo tiempo, tuvimos que acompañar la evolución tecnológica del automóvil, pasando de los motores más tradicionales a los diésel y luego a la inyección electrónica, capacitando constantemente a nuestro personal. Gracias a los programas de formación impulsados por la fábrica y a los premios obtenidos por desempeño y satisfacción del cliente, llegamos a enviar a 19 colaboradores de Romera Hermanos a conocer la fábrica en Alemania.
Juan: Históricamente, Romera Hermanos también estuvo muy vinculada al agro y a las herramientas agrícolas. Fuimos quienes trajimos algunas de las primeras cosechadoras Case a la provincia de Buenos Aires y trabajamos durante muchos años con tractores Deutz. Sin darnos cuenta, ya teníamos una relación muy cercana con la industria alemana.
Jorge: Ese fue, de alguna manera, nuestro primer vínculo con Alemania. En 1958, cuando todavía no existían vehículos nacionales, Chrysler —de la cual éramos concesionarios— importó una pequeña partida de Volkswagen Escarabajo. Tuvimos la satisfacción de vender los primeros de la zona y todavía conservamos uno de aquellos modelos, de 1952 o 1953.
—¿De qué manera se transformaron las dinámicas comerciales y el perfil de los clientes con el paso de los años?
Juan: A medida que cambiaban los autos, también cambiaba la forma de comprarlos. Décadas atrás prácticamente no existían los créditos; muchas veces la financiación la otorgábamos nosotros mismos, basados en la confianza y mediante simples documentos, sin prendas ni garantías sobre los vehículos.
Con la evolución que fue marcando la fábrica, tuvimos que adaptarnos permanentemente, y con eso también fue cambiando el cliente. Hoy la realidad es muy distinta: con la tercera generación fuertemente involucrada en el área comercial, una parte importante de las operaciones se realiza de manera online. Las herramientas cambiaron, pero la necesidad de acompañar al cliente en cada etapa sigue siendo la misma.

—¿Cuál es la fórmula para gestionar y preservar la armonía en una estructura corporativa familiar?
Jorge: Es difícil, pero la clave siempre fue respetar la función de cada uno. El que estaba en ventas seguía en ventas, el que dirigía la caja continuaba en esa tarea y el que estaba en posventa desarrollaba su carrera en esa área junto a su hijo o su nieto. Así fuimos construyendo la empresa.
Eso no significa que no supiéramos hacer de todo. Cuando me tocó hacerme cargo del taller, con apenas 18 años, observé que existía la costumbre de que quien empezaba armando motores se jubilaba armando motores, y quien alineaba se jubilaba alineando. Por mi formación en la escuela industrial impulsé que todos aprendieran todas las tareas. Ese cambio modernizó el funcionamiento del taller y nos dio una capacidad de adaptación mucho mayor.
—¿Cuál consideran que ha sido el aprendizaje más significativo de su generación?
Juan: Tuvimos que aprender a sobrevivir, y eso resume gran parte de nuestra historia. Atravesamos momentos muy difíciles apoyándonos en la experiencia que nos dejaron nuestros padres. Había una frase que repetían siempre: “Hay que ahorrar en épocas de vacas gordas para cuando lleguen las vacas flacas”. Si no hubiéramos incorporado esa enseñanza, probablemente hoy no estaríamos acá.
Jorge: También cambió la forma de vender. A Héctor y a Juan les tocó una época en la que había que salir a recorrer caminos y visitar clientes. Si uno se quedaba esperando en el escritorio, podía pasar semanas sin vender un auto. Ellos vivían prácticamente en la ruta recorriendo una zona enorme. Por lo que veo hoy, el mercado vuelve a exigir algo de esa cercanía.
Juan: Esa manera de trabajar la aprendimos de mi tío Andrés. Yo lo acompañaba desde chico junto a mi padre; incluso él fue quien me enseñó a manejar y me dio la confianza para salir a la ruta.

—¿Cómo se gestionó el proceso de expansión regional de la firma?
Juan: El cambio más revolucionario fue la expansión hacia la región. Al principio salimos personalmente a hacernos conocer. Durante muchos años estuvimos muy ligados al automovilismo, que nos dio una enorme visibilidad en una época en la que no existían las herramientas de marketing actuales y posicionarse en ciudades grandes era mucho más difícil.
Jorge: El automovilismo tuvo muchísimo que ver. Aparecer en los medios, en la televisión y en las revistas después de ganar campeonatos ayudó a consolidar el nombre de Romera Hermanos en toda la zona.
Juan: En ese aspecto, Jorge fue el gran preparador y logró varios campeonatos. Yo también tuve la suerte de correr gracias a él y a mi primo, en categorías como Mar y Sierras y APAC.
El gran salto llegó cuando asumimos la concesión Volkswagen de Necochea. Poco después, en plena crisis, se presentó la oportunidad de Tandil tras la quiebra de la concesionaria local. Allí, junto a Jorge y Héctor, desarrollamos una concesionaria integral con servicio, repuestos y administración propia. Fue una etapa de mucho esfuerzo.
Más tarde llegamos a Mar del Plata. En un contexto muy complejo para el sector, Volkswagen confió en nuestra trayectoria y experiencia para designarnos concesionarios únicos de la ciudad. Ese desafío nos llevó a administrar cinco sucursales y consolidar nuestros puntos de venta en Mar del Plata, fortaleciendo definitivamente la presencia regional de Romera Hermanos.
—A pesar de las transformaciones tecnológicas y de mercado, ¿qué valores consideran innegociables para el futuro de la empresa?
Jorge: Para conservar la confianza del cliente es fundamental brindar una excelente atención y una sólida formación técnica a quienes trabajan sobre los vehículos. En este rubro no se trata solamente de que un auto funcione bien; también está en juego la seguridad de las personas. Por eso siempre consideramos indispensable mantenernos actualizados y trabajar con el máximo nivel de responsabilidad.
Esa dedicación también se reflejaba en el automovilismo. Muchas veces, después de cerrar el taller, nos quedábamos junto a Héctor y otros colaboradores trabajando en los autos de carrera hasta altas horas de la noche.
Juan: Los valores fundamentales son la honestidad, la transparencia, el compromiso y la dedicación. Nunca medimos las horas de trabajo. Hemos pasado muchas noches sin dormir por la empresa y seguimos estando disponibles cuando hace falta. Recuerdo que, poco después de inaugurar Necochea, nos avisaron de un principio de incendio en plena madrugada y salimos de inmediato.
Jorge: Lo mismo nos ocurrió años después con un incendio en un depósito de Balcarce. Son situaciones que muestran que uno tiene que estar siempre presente.
Juan: Esa forma de vivir la empresa definió a nuestra generación y fue una de las claves para llegar firmes hasta el día de hoy.
—¿Qué significa a nivel personal e institucional transitar la gestión de una empresa con un siglo de historia?
Marina: Lo primero que uno piensa es que representa un privilegio, pero más que eso, lo considero como la responsabilidad de cada uno de nosotros de continuar adelante con el legado y los valores, y de seguir generando confianza en nuestros clientes. Esa es la responsabilidad que siento que tenemos de cara al futuro. Nosotros constituimos el presente, pero operamos siempre con una visión hacia adelante: la de seguir generando trabajo y crecimiento, y la de mantener la magnitud a la que ha llegado esta empresa, sin perder, obviamente, el origen y el legado de las generaciones que nos precedieron.

—¿Qué significa llevar un apellido que se ha convertido en una marca tan emblemática?
Florencia: Es una dinámica muy particular. Coincido con lo que planteaba Marina: llevar este apellido implica la responsabilidad de adaptarse permanentemente a los cambios y a los nuevos desafíos.
Ingresé a trabajar en Romera a fines de 2005. Mi papá no imaginaba que terminaría trabajando en la empresa; de hecho, quería evitarme los sacrificios que él conocía de primera mano. Sin embargo, se dio de otra manera. Cuando comencé, ni siquiera lo hice ejerciendo específicamente como abogada, y eso también forma parte de nuestro ADN.
Nuestros antecesores fueron profesionales en su oficio, aunque en su época no era habitual acceder a estudios universitarios. Gracias a ellos, nosotros tuvimos esa oportunidad. Siempre quisieron que construyéramos nuestro propio camino porque sabían el compromiso que exige una empresa familiar como esta.
Con el tiempo uno descubre que el apellido Romera abre muchas puertas, pero también implica una gran responsabilidad. A diferencia de otras empresas, acá la gente sabe que detrás del nombre hay personas reales. Cuando surge un problema o una duda, el cliente pide hablar con un Romera, y nosotros estamos ahí para responder. No somos perfectos y cometemos errores, pero siempre damos la cara y asumimos la responsabilidad.
Nuestra generación se profesionalizó: hay contadores, abogados y especialistas en administración. Sin embargo, más allá de los títulos, seguimos teniendo la misma lógica de siempre: si hay que resolver un tema jurídico se hace, pero también si hay que preparar un auto para una entrega o colaborar donde haga falta.
En definitiva, llevar este apellido es un enorme orgullo. Abre puertas, pero también exige estar a la altura de una historia construida durante cien años y cuidar, tanto en lo profesional como en lo personal, la reputación de la familia y de la empresa.

—Como el más joven e integrante de la cuarta generación de Romera, ¿cómo fue tu proceso de incorporación a la empresa y qué valores considerás que deben permanecer inalterables?
Andrés: Cuando estaba en el secundario veía la posibilidad de trabajar en Romera Hermanos como algo lejano, o incluso como algo que no era para mí. Empecé a trabajar en el taller durante los veranos casi por obligación. En ese momento no me gustaba demasiado cumplir horarios ni dedicarme a las tareas operativas; me imaginaba más vinculado al automovilismo o a la ingeniería.
Sin embargo, a medida que uno se involucra en el día a día, termina enamorándose de la empresa. Incluso comencé a estudiar ingeniería, pero fue durante la pandemia, cuando me incorporé de manera fija, que entendí realmente lo que significa Romera Hermanos para nuestra familia. Para nosotros no es solamente una empresa; es una parte fundamental de nuestra historia y eso es algo que nunca debería cambiar.
A partir de esa experiencia reorienté mi formación. Dejé ingeniería y hoy estoy próximo a recibirme de licenciado en comercialización, con la idea de aportar nuevas herramientas para que la empresa siga creciendo y proyectándose hacia el futuro. El desafío es que esta historia no se quede en estos primeros cien años, sino que continúe por muchos más.

—Desde tu perspectiva como parte de la generación más joven, ¿hacia dónde se dirige la modernización del negocio y cómo se compite en el mercado actual?
Andrés: Considero que la clave es estar siempre a la vanguardia. Actualmente, la modernización de la empresa se orienta firmemente hacia la vía tecnológica, el comercio online y los canales digitales. El objetivo es aggiornarse de manera constante a medida que surgen nuevas herramientas para no quedar rezagados. Nos movemos en un mercado automotriz sumamente competitivo y voraz; si te quedás un cambio abajo, perdés el ritmo de la competencia. La modernización debe seguir siempre la misma dirección y el camino que te va marcando el propio mercado.
—¿Cuál es tu diagnóstico sobre el presente estratégico de Romera Hermanos y cómo proyecta a la compañía de cara a los próximos veinte años?
Martín: Considero que estamos más firmes que nunca, porque si algo dejan la trayectoria y los años es aprendizaje. Los cimientos que construyeron nuestros abuelos, continuaron nuestros padres y seguimos fortaleciendo nosotros nos permiten afrontar los desafíos actuales con mucha solidez. A esa estructura ya se incorporó Andrés y se sumarán otros integrantes de la cuarta generación, además de profesionales que, aunque no lleven el apellido Romera, forman parte de esta familia. El equipo crece y las bases son cada vez más fuertes.
Hoy convivimos con cambios constantes en los consumidores, en la tecnología de los vehículos y en los hábitos de compra. Nos toca atender a varias generaciones de clientes al mismo tiempo, muchas veces dentro de una misma familia. Buscamos que nos elijan para comprar un auto, para realizar el mantenimiento y para volver a confiar en nosotros en su próxima operación. Contar con cuatro generaciones activas dentro de la empresa nos permite comprender mejor esas distintas realidades y estar preparados para responder a cada una de ellas.
De cara al futuro, hay una premisa que tratamos de transmitir a todo el equipo: nunca se sabe todo. Siempre hay que mantener la actitud de aprender y rodearse de personas que aporten nuevos conocimientos y perspectivas. Esa fue una enseñanza que recibimos de las generaciones anteriores. Si una empresa deja de incorporar talento y de escuchar nuevas ideas, corre el riesgo de estancarse. Nuestra proyección hacia adelante se apoya justamente en esa apertura al aprendizaje, a la innovación y al crecimiento de las personas.
—Diego, ¿qué nos podrías decir sobre la trayectoria de Romera Hermanos?
Diego: Yo estoy dentro de la empresa, más que nada en la parte comercial. Esa área ha cambiado mucho; estamos hablando de evolución, cambios y enriquecimiento. La gestión comercial en estos últimos 20 años se ha modificado por los nuevos aires del formato: antes era una gestión muy directa y personal; ahora, con el comercio electrónico y las redes sociales, hace casi 17 años que incursionamos en la captación de clientes a través de estas tecnologías, incorporándolas sin perder el ADN de Romera Hermanos.

Cuando hablo de este ADN, me refiero a que es como la pasión por el mundo automotor que nosotros todos tenemos; cada uno de nosotros viene de un área distinta, pero estamos totalmente mancomunados para ese fin. Esa pasión y esa identidad son algo constante, y constituyen una parte fundamental de la evolución de la empresa. Y si tengo que pensar en lo que significan estos 100 años de trayectoria, creo que definitivamente no puede faltar la palabra permanencia.
—El canal comercial y el perfil del consumidor se han transformado de manera rotunda. ¿Cómo se vive hoy la relación con el cliente?
Oscar: A lo largo de esta conversación se mencionaron muchos valores y aspectos de la empresa, pero hay una frase que resume nuestra realidad: “El cliente siempre quiere hablar con un Romera”. Durante un tiempo pensé que eso iba a cambiar con el avance de los medios electrónicos, las compras a distancia y la creciente digitalización de las relaciones comerciales.
Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario. Hoy, cuando un cliente entra al salón, pasa por el taller o surge alguna situación particular, sigue pidiendo hablar directamente con un Romera. La gente percibe que detrás de la empresa hay una presencia real, alguien que responde y acompaña. Ese reconocimiento genera un enorme sentido de pertenencia y también una gran satisfacción, porque el cliente te busca y confía en vos.
Pero esa confianza también implica una responsabilidad. Nos obliga a actuar con la misma humildad y cercanía que nos transmitieron las generaciones anteriores. Sabemos que esa relación se construye todos los días y tratamos de honrarla en cada contacto con quienes eligen a Romera Hermanos.

Juan: Es fundamental hacer una acotación al respecto. El reconocimiento que posee la compañía y el hecho de que Romera sea lo que es hoy, desde sus mismos inicios, se debe en gran medida al extraordinario equipo de trabajo que nos acompaña. Mis padres y mis tíos supieron seleccionar a la gente adecuada en su momento, y esa política continúa. Este crecimiento no es obra exclusiva de la familia Romera. Actualmente contamos con un gran equipo que supera las 170 personas; los miembros de la familia somos solo una parte de esa estructura, y el cambio cultural de la empresa también pasa por ese lado.
Florencia: Nuestra responsabilidad no se limita al ámbito interno de la organización. Romera Hermanos tiene un compromiso profundo con la comunidad y entendemos la responsabilidad social como parte de nuestra identidad. Si bien este principio nos acompaña desde los orígenes, hoy lo desarrollamos de manera más institucional y estratégica.
Todo lo que impulsamos busca generar valor no solo para la empresa y nuestros clientes, sino también para la sociedad en general. Trabajamos con una visión integradora, acompañando el desarrollo de nuestros colaboradores, nuestros clientes y la comunidad. Entendemos que la organización forma parte de un ecosistema más amplio, y por eso la responsabilidad social sigue siendo un pilar fundamental de nuestra gestión.
El legado en una palabra
Como broche de oro de un encuentro cargado de recuerdos y proyecciones, se les propuso a los protagonistas un ejercicio que apela directo al corazón: sintetizar el espíritu y el sentir de estos cien años de historia en un único concepto. El resultado fue una declaración unánime de los valores que sostienen el apellido.
Para Marina, la palabra elegida fue Confianza, esa certeza invisible que une a la empresa con cada cliente y con la comunidad desde el primer día. Andrés optó por Automoción, rindiendo tributo a esa pasión indomable por las cuatro ruedas que los cobija desde aquellos trágicos orígenes en la década del 20. Por su parte, Oscar se inclinó por Atención, la vocación de estar siempre presentes para el otro, mientras que Diego definió el siglo transcurrido bajo el concepto de Permanencia, esa solidez para mantenerse vigentes y unidos al paso del tiempo.
El testimonio de Martín se resumió en Compromiso, la profunda responsabilidad asumida de cara al equipo de trabajo y al legado de los abuelos. Para Juan, la esencia es la Calidad, el estándar de excelencia y honestidad que guía cada rincón técnico y comercial de la firma. En perfecta sintonía, Jorge eligió Automóvil, el motor de los sueños familiares, el eje noble alrededor del cual se forjó la vida de cada uno de ellos. Finalmente, Florencia selló el encuentro con la palabra que lo explica todo: Familia. El núcleo sagrado, el ADN compartido y el trato humano que transforma una marca comercial en una historia viva que late desde hace cien años y se proyecta hacia el futuro.


